
— Si usted quiere, puede tomar parte en la nueva expedición.
— ¿Hacia dónde se dirige?
— Eso no lo sé. Si usted está conforme, se lo dirá el mismo Kamov.
— Pero, ¿por qué es usted quien me lo ofrece?
— Porque usted reúne las condiciones necesarias y parece la persona más indicada.
Todo esto fue tan repentino y extraordinario que sentí la necesidad de pensarlo bien antes de tomar una determinación.
— No se apresure — dijo el Director —, hay que reflexionar serenamente antes de arriesgarse así, para no lamentar luego la decisión tomada.
No diría la verdad si afirmara que pasé bien la noche. No soy novicio en materia de expediciones. Como corresponsal, estuve en muchas partes del globo: en la Antártida, en el África Central, en el Himalaya… Pero todo fue sobre la Tierra. Y ahora, en cambio, me ofrecían abandonarla para volar quién sabe hacia dónde, a decenas o quizá centenas de millones de kilómetros de distancia…
Recordé los libros que había leído sobre el Cosmos. El Universo, con sus espacios infinitos donde, como partículas de polvo, se mueven las estrellas…, distancias que exceden la imaginación humana…, las tinieblas…, el frío…
Con toda nitidez me imaginé la minúscula nave cósmica rodeada por un vacío sin límites. Tuve que sentarme, vencido por una repentina debilidad.
¿Renunciar…? Nadie me censuraría por ello… ¡Quedarme en esta querida Tierra, tan familiar…!
«¿Y guardar para siempre el recuerdo de tal flaqueza…? pensé. ¿Perder semejante oportunidad y luego lamentarlo toda la vida…?»
Eran las tres de la madrugada y todavía no había resuelto nada. El deseo y la indecisión luchaban entre sí, venciendo por turno. Por fin, abrumado por un intenso dolor de cabeza, abrí la ventana y dejé que el fresco aire nocturno me bañara el rostro.
