Por ejemplo, como he mencionado ya, tenemos que cerrar todas las puertas detrás de nosotros; pero si alguien se olvidara de ello, el foco correspondiente en el tablero de mando llamaría inmediatamente la atención del guarda de turno por los centelleos de su luz roja. La distracción también ha sido prevista. Si la superficie exterior se calienta demasiado, el disco que hace girar la nave se conecta automáticamente y se detiene después de una vuelta de 180º. Si el guarda de turno olvida conectar el suministro de oxígeno, la canilla se cierra automáticamente en cuanto la concentración del aire llega a su punto normal. Y así en todo.

Nuestra extraordinaria nave está absolutamente automatizada. Todo se hace mediante aparatos ultrasensibles e «inteligentes» alimentados por corriente eléctrica, abastecida por acumuladores portátiles de gran capacidad fabricados especialmente para Kamov por una de las usinas de Leningrado. La carga de estos acumuladores será suficiente para los siete meses y medio del viaje. Pero tenemos también una estación de carga fotoelemental, que convierte directamente los rayos solares en corriente eléctrica. Esta helioelectroestación es para casos de emergencia. Todo lo que existe en la nave — excepto los motores— puede sustituirse, pero algunos aparatos muy importantes tienen doble y triple repuesto.

Cuando pienso en el enorme peso que lleva esta nave, siento una inmensa admiración ante la capacidad de la técnica atómica contemporánea. Nuestros motores son muy pequeños en comparación con la astronave, pero a pesar de ello son tan poderosos, que pudieron impartir a la nave cósmica esta velocidad tremenda, aunque Kamov la considera insuficiente. En una ocasión, cuando la conversación tocó los vuelos interplanetarios y del porvenir y él dijo que lamentaba la excesiva lentitud de nuestro vuelo, yo le pregunté por qué no había prolongado el funcionamiento de los motores al abandonar la Tierra ya que de ese modo la velocidad alcanzada habría sido mayor. Me respondió:



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