Kamov verifica el vuelo de la nave cada 24 horas y siempre a la misma hora, guiándose por el Sol y las estrellas. Midiendo las distancias visibles entre determinadas estrellas y su situación con respecto al Sol y a la trayectoria del vuelo, calcula nuestro lugar en el espacio. Dos veces enchufó uno de los motores y durante esos minutos descansamos de nuestra imponderabilidad, puesto que en la nave apareció cierta fuerza de gravedad, aunque muy débil.

Fuera de la labor fotográfica, figura entre mis obligaciones el turno ante el tablero de mando, donde la guardia es constante de acuerdo a un horario establecido con anterioridad; es una obligación para todo el equipo, pero Kamov y yo tratamos de liberar a los dos astrónomos cuyas tareas ya están bastante recargadas.

Las obligaciones del guarda de turno no son muy complicadas: hay que impedir que uno de los lados de la nave se caliente demasiado; para ello hay que hacerla girar por su eje longitudinal, a fin de que los rayos solares puedan calentar toda la superficie con regularidad. Se consigue esta rotación mediante un disco masivo de dos metros de diámetro, cuyo movimiento es impulsado por un motor eléctrico. La rápida rotación de ese disco produce una lenta rotación de la nave. Como regla, el guarda de turno tiene que prevenir a los demás cuando debe producirse el giro, para no interferir con el trabajo del telescopio. Una demora en el momento de la vuelta no reviste mucha importancia, puesto que la superficie blanca refleja muy bien los rayos solares y se calienta muy lentamente.

Luego hay que controlar el estado del aire dentro de la nave, eliminando el anhídrido carbónico y reemplazándolo por oxígeno, lo que se consigue mediante la presión de los botones correspondientes en el tablero de mando, verificándose por medio de aparatos cuyas reacciones marcan absolutamente todas las alteraciones que puedan producirse tanto con la nave como en su interior.



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