
— Me parece que hay otros — dije yo —. Hace tiempo quería preguntarle: ¿Por qué considera usted innecesario mirar adelante? La nave puede encontrarse con uno de esos cuerpos errantes de los que usted mismo hablara. ¿Acaso no convendría notar la posible aparición en la ruta de la nave de un cuerpo semejante?
— Es inútil mirar adelante — contestó Kamov—; las partículas pequeñas son imposibles de notar a una distancia suficiente como para permitir que puedan tomarse medidas contra el choque; mientras que si hubiese un cuerpo de grandes dimensiones en la ruta de la nave cósmica, nos avisaría el radioproyector.
— ¿Qué es eso?
— ¿No le conté?
— No.
— El radioproyector — dijo Kamov —, es un aparato basado en los mismos principios que la radiolocación; trabaja con ondas ultracortas y por el mismo método reflector de ondas radiales. Si en el camino del rayo radial se encontrara algún obstáculo, el rayo sería reflejado y daría una señal referente a ese obstáculo y a la distancia hasta el mismo. En nuestra nave actúa ininterrumpidamente, tanteando la ruta de la nave como si la «iluminara». Su funcionamiento recuerda a un proyector común de luz y es por eso que así lo llaman. Yo pensaba que usted estaba enterado de ello.
— Me entero recién ahora.
— Eso pudo ocurrir solamente debido al acelerado entrenamiento que tuvo usted antes del vuelo. Desde luego — añadió— es dudoso que lleguemos a escuchar tal señal de peligro, pues queda casi descartada la posibilidad de un encuentro con un cuerpo voluminoso que pueda presentar peligro para la nave. Hasta entre las más ínfimas moléculas de materia que se encuentren en el espacio interplanetario hay varios kilómetros de distancia.
