— Pero con todo, ¿usted insiste en que cerremos las puertas?

— Sí, porque no tenemos el derecho de arriesgar el éxito de la expedición, puesto que si existe un peligro, por más teórico que sea, tenemos la obligación de tomar medidas preventivas.

— He oído decir que los meteoros vuelan por enjambres — le contesté —. Cuando tal enjambre se encuentra con la Tierra, pueden observarse verdaderos fuegos artificiales de estrellas fugaces.

— Para la Tierra, con las enormes dimensiones que tiene, estos enjambres resultan efectivamente bastante densos, pero no para nuestra nave. Si nos encontráramos con el más compacto de esos grupos, lo atravesaríamos sin notarlo siquiera, pues cada molécula está separada de las otras por varios kilómetros cúbicos de espacio.

— ¿Entonces resulta que los viajes interplanetarios están exentos de peligro?

Kamov se encogió de hombros.

— Todo es relativo en este mundo — dijo— y lo mismo pasa con los viajes interplanetarios. Una nave cósmica puede volar durante mil años sin encontrarse con ningún meteoro, pero también puede chocar con él en la primera hora de vuelo. En todo caso, una catástrofe con una astronave es centenares de veces menos probable que con un tren ferroviario, pero la gente sigue viajando en ferrocarril.

Después de esta conversación yo dejé de preocuparme de los «cuerpos errantes» y de las consecuencias de un encuentro con ellos, aunque desde el momento de nuestra partida de la Tierra esta cuestión me tenía inquieto. Varias veces volví a tocar el tema con Kamov, pero él no mencionó el radioproyector ni una vez. En cuanto a los dos astrónomos, están tan sobrecargados de trabajo, que literalmente no tienen tiempo para conversar sobre estos temas.

Paichadze no duerme más de cinco horas por día pero no podría decir cuantas duerme Belopolski, pues cada vez que yo entro al observatorio lo veo allí. Una vez expresé a Kamov mi temor de que la salud de nuestros astrónomos pudiera resentirse por tan incesante trabajo.



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