— Serguei Alejandrovich — preguntó Belopolski —. ¿Usted no encuentra que es peligroso permanecer aquí?

— ¿Qué nos quiere sugerir usted? — Me pareció percibir un matiz burlón en la voz de Kamov.

— No sugiero nada — contestó Belopolski con sequedad —, pregunto nada más.

— Claro que es peligroso — replicó Kamov—; pero no es posible abandonar Venus sin haber aclarado lo que tenemos que aclarar.

Belopolski no contestó nada y la nave continuó su vuelo a la altura a la que había sido arrojada por la tormenta.

Se hizo más claro y aumentó la visibilidad, lo que aproveché para sacar unas fotos del océano de Venus. Era evidente que se trataba de un océano y no de un mar, ya que volábamos desde hacía aproximadamente tres horas sin que se viera nada de tierra firme. Mi atención fue atraída por unos relampagueos rojos en las olas. Llameaban y se apagaban debajo de nosotros y no había nada a los costados. Me disponía a preguntar a Kamov, cuando me di cuenta de lo que era: el reflejo de las llamas de nuestras toberas de escape. Tomé el aparato con la película en colores para fijar ese efecto extraordinario y abrumador que causaba el reflejo de las llamas terrestres en las olas de un océano de otro planeta.

Por delante nuestro surgió nuevamente una amplia faja negra. El frente tempestuoso era tan vasto que no había posibilidad de esquivarlo. ¿Arriesgaría Kamov someterse a semejante peligro? No había terminado de formularme la pregunta, cuando la nave subió bruscamente y al minuto nos encontramos volando otra vez en la bruma lactescente. La tempestad con toda su ira quedó atrás.

— ¡Qué cuadro impresionante! — exclamó Paichadze —. El planeta está lleno de fuerzas jóvenes en reserva. Esas potentes tempestades se producían en la Tierra en tiempos de su juventud, es decir, hace millones de años. Ahora tengo fe y creo que en el futuro, habrá en Venus seres vivientes.



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