
El mar inhóspito con sus enceguecedoras crestas blancas, las negras nubes, los relámpagos zigzageantes, todo creaba la impresión de una hermosura salvaje y maléfica.
La nave volaba ahora en dirección horizontal y a una velocidad de setecientos kilómetros por hora manteniéndose a un kilómetro de altura. Kamov tenía que cambiar de rumbo a cada minuto tratando de esquivar los frentes tempestuosos que salían a nuestro encuentro. A los cuarenta minutos tuvimos que atravesar uno de esos frentes y nos convencimos de que nunca había habido en la Tierra tales tempestades. Parecía como si nuestra nave se sumergiera en el mar; una masa de agua cubrió todo en derredor nuestro. Los relámpagos eran tan frecuentes que se seguían casi sin interrupción, pero a través de la densa muralla de agua palidecían y perdían su fulgor. Los truenos eran tan resonantes que ni se oía el tremendo rumor de nuestros motores. Por suerte todo eso sólo duró un minuto. La nave atravesó la franja tempestuosa y el temporal quedó atrás como un recuerdo tenebroso.
Observé que nuestra altura había decrecido sensiblemente, pues nos separaban de la superficie del agua no más de 300 metros. Por la expresión de Kamov, comprendí que lo preocupaba este pronunciado descenso. El planeta extraño no recibía a los forasteros con mucha amabilidad. La pesada masa de agua que se desmoronara sobre nuestra nave le había hecho perder 700 metros de altura. Si no hubiéramos pasado el frente tempestuoso con tanta rapidez, habríamos podido encontrarnos en el agua.
