
Suaid se inclinó sobre la bomba y empujó el coche a golpes. Golpeó hasta que el viento se hizo rugido, y en la navegación las ruedas tocaban suavemente el suelo, que las despedía rápido, como la ruleta, a la bola de marfil. Golpeó hasta que sintió dolerle la viborilla del vientre, fina y rígida como una aguja.
Pero la imagen era forzada, y la inutilidad de este esfuerzo se patentizó, cierta, sin subterfugios posibles.
La fuga se apagó como bajo un golpe de agua y Suaid quedó con la cara semihundida en el suelo, los brazos accionando en movimientos precisos de semáforo.
– Esconderme…
Pero se puso debajo de sí mismo, como si el suelo fuera un espejo y su último yo la imagen reflejada.
Miraba los ojos velados y la tierra húmeda en la cuenca del izquierdo. La nariz apenas aplastada en la punta, como la de los niños que miran tras las vidrieras, y los maxilares tascando la lámina dura y lisa de la angustia. El escaso pelo rubio rayaba la frente y la mancha de la barba en el cuello se iba haciendo violeta.
Cerró los ojos fuertemente, y trató de hundirse; pero las uñas resbalaron en el espejo. Vencido aflojó el cuerpo, entregándose, solo, en la esquina de la Diagonal.
Era el centro de un circulo de serenidad que se dilataba borrando los edificios y las gentes.
Entonces se vio, pequeño y solo, en medio de aquella quietud infinita que continuaba extendiéndose. Dulcemente, recordó a Franck, el último de los soldados de pasta que rompiera; en el recuerdo, el muñeco solo tenía una pierna y la renegrida U de los bigotes se destacaba bajo la mirada lejana.
Se miraba desde montones de metros de altura, observando con simpatía el corte familiar de los hombros, el hueco de la nuca y la oreja izquierda aplastada por el sombrero.
Lentamente desabrochóse el saco, estiró las puntas del chaleco y volvió a deslizar los botones en los tajos de los ojales. Terminada la despaciosa operación, se quedó triste y sereno, con Maria Eugenia metida en el pecho.
