Ahora caían las costras de indiferencia que protegieran su inquietud y el mundo exterior comenzaba a llegar hasta él.

Sin necesidad de pensarlo inició el retroceso por Florida. La calle, desierta de ensueños, había perdido la dentadura de Tanga's y la barba rubia de Su Majestad Imperial.

La claridad de los escaparates y las grandes luces colgadas en las esquinas daban ambiente de intimidad a la estrecha calzada. Se le antojó un salón del siglo anterior, tan exquisito, que los hombres no necesitaban quitarse el sombrero.

Apuró el paso y quiso borrar un sentimiento indefinido, con algo de debilidad y ternura, que sentía insinuarse.

Con una ametralladora en cada bocacalle se barría toda esta morralla.

Era la hora del anochecer en todo el mundo.

En la Puerta del Sol, en Regent Street, en el Boulevard Montmartre, en Broadway, en Unter den Linden, en todos los sitios más concurridos de todas las ciudades, las multitudes se apretaban, iguales a las de ayer y a las de mañana. ¡Mañana! Suaid sonrió, con aire de misterio.

Las ametralladoras se disimulaban en las terrazas, en los puestos de periódicos, en las canastas de flores, en las azoteas. Las había de todos los tamaños y todas estaban limpias, con una raya de luz fría y alegre en los cañones pulidos.

Owen fumaba echado en el sillón. La ventana hacía pasar por debajo del ángulo que formaban sus piernas los guiños de los primeros avisos luminosos, los ruidos amortiguados de la ciudad que se aquietaba y la lividez del cielo.

Suaid, junto al transmisor telegráfico, acechaba el paso de los segundos con una sonrisa maligna. Más que las detonaciones de las ametralladoras, esperaba que el momento decisivo agitaría los músculos de Owen, transparentándose emociones tras la córnea de los ojos claros.



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