
Además, era hijo de un predicador que vivía en el corazón de la tierra mormona de Utah: Salt Lake City. Su padre había encabezado una iglesia sin nombre definido cuyo credo más auténtico era la separación de los individuos en salvados y condenados. Y a pesar de que Shiloh no había estado en el interior de una iglesia ni un solo domingo por la mañana desde hacía casi diez años, creo que el moralismo de su juventud persistía en él, aunque fundido ahora con una serie de actitudes más liberales que las que habitualmente tiene el Cuerpo de Policía.
En los ambientes cerrados de los cuarteles del Departamento de Policía, las opiniones de Shiloh no le granjearon demasiados amigos. Se había enfrentado a algunos fiscales y detectives supervisores con cuyas ideas y tácticas no estaba de acuerdo. Sus simpatías eran consideradas con mucha prevención. Se mostraba comprensivo con los drogadictos y las prostitutas a quienes sus compañeros despreciaban, mientras que se mostraba seco y poco amistoso con los informantes que tanto valoraban sus superiores. En una ocasión, un bromista anónimo le había enviado un escrito de la Unión Americana por las Libertades Civiles al trabajo, como si se tratara de algo vergonzante como el material pornográfico.
Yo he discutido con él más de una vez. Me he puesto muchas veces a la defensiva cuando me instaba a considerar ciertos valores y virtudes de la policía que yo no estaba dispuesta a poner en duda. Estas discusiones nunca estaban teñidas de rencor, pero si hubiéramos trabajado en el mismo departamento, no creo que nos hubieran asignado como compañeros, y mucho menos hubiera imaginado que acabaríamos casándonos.
– Nadie sería capaz de sospechar que tú y Shiloh salís juntos -me dijo Genevieve una vez-. Cuando te conocí, dijiste «rompido» en lugar de «roto».
