Había aprendido a conocerlo. De hecho, llevaba observándolo durante años, de cerca y de lejos. A veces llegué a pensar que tomaba siempre el camino que exigía más resistencia, rechazando el más fácil.

La carrera de Shiloh había dado más vueltas que la mía. Cuando lo conocí trabajaba en el Departamento de Narcóticos. Después siguió un curso especial como negociador en secuestros. No fue elegido para ello. En cambio, le concedieron un puesto que no había pedido en la sección de Homicidios. Se convirtió así en un detective de casos no resueltos.

Encargarse de revisar los casos no resueltos era una tarea de lujo. Cuando los tiempos eran económicamente favorables, con superávit presupuestario y descenso de la tasa de homicidios, muchos departamentos de la policía metropolitana se permitían asignar detectives a la reinvestigación de casos no resueltos, la mayoría de ellos homicidios. En muchos sentidos se trataba de una tarea ideal para Shiloh, tan aficionado a los rompecabezas intelectuales. No obstante, él consideró que su nuevo puesto, en el que iba a trabajar sin un compañero, era una crítica apenas velada hacia su persona.

Shiloh tenía diecisiete años cuando dejó su casa de Utah, sin haber terminado los estudios secundarios. Había estado trabajando en una explotación forestal de Montana, donde hizo sus primeras armas en el equipo de Búsqueda y Rescate del sheriff.

Su carrera lo condujo al Medio Oeste. De patrullar, fue destinado al Departamento de Narcóticos. Después de trabajar en el Medio Oeste, siguió en Narcóticos, ya que allí siempre se necesitan caras nuevas para simular la compra de droga. A menudo trabajó solo, en ciudades como Gary, en Indiana, o Madison, en Wisconsin. A veces sus colegas eran personas decentes. Otras, en cambio, lo acompañaban verdaderos fanáticos o vaqueros de gatillo fácil. Sus superiores no siempre eran mejores.

En la época en que llegó a Minneapolis con la intención de echar raíces, al menos por un tiempo, y graduarse en Psicología, ya se había convertido en un solitario que confiaba más en su propio instinto y sus opiniones que en las ajenas.



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