He manejado todo tipo de delitos -como todos los detectives del sheriff-, pero las personas desaparecidas eran la especialidad de mi compañera, de modo que acabaron siendo también la mía.

El padre y el hijo en cuestión acababan de dejar su equipaje en una vieja furgoneta Ford cuando di con ellos. El chico era unos dos años mayor de lo que yo imaginaba, y también bastante más alto. Le pregunté al hombre mayor por qué el muchacho no estaba en la escuela, pero los dos me explicaron que se les había muerto un pariente e iban al funeral. Les deseé un buen viaje y me dirigí a la recepción, con la intención de agradecer a la empleada su civismo.

Justo antes de llegar al río, vi un coche patrulla aparcado entre la calzada y la vía del tren.

Una oficial uniformada estaba de pie junto al coche, mirando hacia abajo, como si estuviera vigilando los raíles. Justo allí, la vía cruzaba el río. Desde lejos divisé la figura corpulenta de otro agente que caminaba en esa dirección. Decidí echar un vistazo.

– ¿Qué pasa? -pregunté a la mujer, que entre tanto se había acercado a mi coche. Sospechando que iba a ordenarme que diera media vuelta y circulara, le mostré mi placa. La expresión severa de su rostro se relajó un poco, aunque no se quitó las gafas de espejo, ni siquiera dejándolas apoyadas en la frente. Yo me veía en ellas como en el cristal de una pecera. En su placa, pude leer el nombre: oficial Moore.

– Ya me parecía familiar -dijo Moore. Luego, respondió a mi pregunta limitándose a decir-: un salto.

– ¿Dónde? -pregunté. Miré al compañero de Moore, que estaba en la vía del tren, en el puente, pero a nadie más.

– Ha bajado a la estructura del puente -informó Moore-. Puede verla desde aquí. Es una cría.



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