Estiré el cuello y divisé una delgada figura en el puente. El sol brilló en sus cabellos rubios.

– ¿Se trata de una muchacha de unos catorce años?

– Sí -contestó Moore.

– ¿Dónde puedo aparcar?

Andando hasta el puente pasé alternativamente del sol a la sombra, no sólo debido a la estructura discontinua del armazón, sino porque era un día de nubes desgarradas que tanto ocultaban el sol como lo exponían.

– Pensé que habíamos avisado a la patrulla fluvial -dijo el agente, que se sorprendió de verme allí.

Lo conocía de vista, pero no recordaba su nombre. Empezaba con uve. Era unos pocos años más joven que yo; tendría unos veinticinco. Era guapo y tenía la tez oscura.

– Nadie me ha enviado, oficial Vignale -contesté, recuperando el nombre antes de mirarle la placa-. Sólo pasaba por casualidad. ¿Qué ha sucedido?

– Todavía está allí abajo, detective…

– Pribeck -aclaré-, Sarah Pribeck. ¿Han intentado hablar con ella?

– Temo que se distraiga y pierda el equilibrio.

Me volví, me incliné y miré hacia abajo. La muchacha estaba allí, con los pies bien apuntalados y agarrándose a una diagonal de la estructura. La suave brisa jugueteaba con sus cabellos de color y textura idénticos a los de Ellie Bernhardt.

– Viene desde Thief River Falls -dije-. Ahora estoy segura de que es ella. Su hermana vino a verme ayer por la mañana.

– La patrulla fluvial enviará un bote por si tenemos que pescarla.

Miré otra vez hacia abajo. Ellie y el agua.

Ellie había elegido un puente particularmente bajo para soltar, lo que constituía un hecho interesante. No sé mucho de psicología, pero he oído decir que los intentos de suicidio veces son una forma de pedir ayuda. Era probable que Ellie sólo se sintiera confusa, furiosa o impaciente y en un arrebato decidiera tirarse desde el primer puente sobre el Mississippi que encontrase.

En cierta forma, era una situación afortunada. Es más, el río era, precisamente, el Mississippi.



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