
Capítulo 3
Boston.
El Centro Médico de St. Elizabeth, al que todos conocían afectuosamente por St. E's, tenía casi ciento cincuenta años de historia, pero su esencia continuaba siendo la misma: servir a los más pobres y necesitados. Era allí donde ingresaron a Daniel, el anciano jardinero del convento donde había ocurrido un incendio terrible y devastador dos semanas antes. Pasado ese tiempo, nadie parecía aún saber si Daniel iba a salvarse o no. Había sufrido quemaduras en los brazos y las manos, aunque sus pulmones se llevaron la peor parte. Consiguiera o no sobrevivir, los médicos afirmaban que nunca se recobraría del todo y que tendría problemas para respirar en adelante.
Joseph, el bombero que le salvó la vida no se había decidido a ir a verlo hasta entonces, aunque se sentía obligado a hacerlo. Arrancar a alguien de las llamas de un incendio y devolverle al mundo de los vivos es un acto generoso, pero supone también una carga pesada. Al final, el salvador acaba siempre con la sensación de que le debe algo al salvado, quizá por haberlo forzado a seguir viviendo una vida que no siempre es fácil.
Después de preguntar en la recepción por la zona de cuidados intensivos, se dirigió hacia ella. Aquel lugar le provocaba escalofríos. Había una calma absoluta, que, sm embargo, no inspiraba el menor sosiego. Era la falta de vida, el hecho de estar entre ella y la muerte, la razón de aquel pesado silencio. Sólo lo interrumpían sonidos inquietantes: el murmullo de los respiradores artificiales, el lejano ping de una máquina que marcaba un ritmo cardíaco mortecino, los pasos acelerados de una enfermera, el sonido metálico de un teléfono…
