
El bombero se asomó a una de las habitaciones. No era la de Daniel. Se le aceleró el pulso al ver el estado de quien se encontraba en ella. «Mierda», dijo para sus adentros. La impresión le hizo volverse bruscamente, y no pudo evitar estrellarse contra una enfermera.
– Lo siento, perdóneme -se disculpó.
– ¿Se encuentra usted bien?
Eso lo preguntó la enfermera, que ni siquiera se quejó por el encontronazo, al ver el rostro intensamente pálido del bombero.
– Sí, gracias. Es sólo que… Bueno… -El bombero señaló con el pulgar hacia atrás.
– Los quemados son los peores…
Por supuesto que sí. ¿Qué le iba a contar a él? Pero una cosa era encontrárselos en el fragor del incendio, con la adrenalina amortiguando las emociones, y otra muy distinta era verlos así, con el ánimo frío.
– Yo venía a visitar al señor… eh… Me temo que no sé su apellido. Pero sí que se llama Daniel.
La expresión preocupada de la enfermera dio paso a otra severa y llena de desconfianza.
– No será usted uno de esos abogados, ¿verdad?
En su boca, la palabra abogado sonó como la más infecta y contagiosa de las enfermedades. El bombero imaginaba qué abogados eran esos a los que ella se refería: los que rondan como alimañas los hospitales, y hasta las agencias funerarias, buscando algún cliente y alguien a quien demandar en su nombre o en el de sus familiares.
