
– Oh, no, no. Yo soy bombero. Saqué a Daniel de allí, ¿sabe? De aquel incendio.
– Ya. ¿Y tiene usted alguna clase de identificación?
El bombero revolvió torpemente uno de sus bolsillos. Por fin encontró su cartera., de la que extrajo un carné.
– Aquí está.
– Joseph Nolan, departamento de bomberos de Boston -leyó la mujer-. Muy bien, señor Nolan, puede usted ver a Daniel. Está en la habitación número dos. Le digo lo mismo que le dije a la visita que está ahora con él: no se entretenga mucho. Aquí, todos necesitan descanso.
– Claro, no se preocupe.
Así es que Daniel tenía una visita… Una de las monjas, seguramente. Por lo que el bombero sabía, ellas eran la única familia -por así decirlo- que le quedaba en el mundo. La madre del jardinero lo abandonó cuando contaba sólo unos pocos meses de vida. Lo dejó a las puertas del convento de las Hijas de la Caridad que acababa de ser devorado por el fuego. Nunca se llegó a descubrir la identidad de esa mujer, o la razón por la que abandonó a su hijo. La única pista era una pequeña nota manuscrita en la que la madre decía: «Por favor, tengan piedad y cuiden de mi hijo. Él no tiene la culpa de mis pecados. Es muy bueno. Casi no llora. Se llama Daniel». Las monjas lo acogieron, como les pidió la madre. Lo hicieron sin formular preguntas, y no sólo porque no tuvieran a quién hacérselas: ellas no juzgaban a nadie; se limitaban a servir a Dios y a sus más desfavorecidas criaturas.
Pronto quedó claro que el niño no era del todo normal. Un médico que lo examinó llegó a la conclusión de que sufría un retraso mental considerable. En esas condiciones, la adopción de Daniel por parte de una familia convencional, que habría sido lo mejor, resultó imposible.
