Pensó en sus dos hijos, y sintió deseos de no entrar en ese infierno. No es fácil estar dispuesto a sacrificarse por otro. Nunca lo es. Las llamas parecieron redoblarse, desafiándole. Emergían por los huecos de las ventanas, entre un humo negro y denso. El suelo era un caos de cenizas incandescentes, madera chamuscada y cristales rotos.

Empezó a musitar una oración que le había enseñado su madre siendo niño y que casi no recordaba. Pero Dios no oiría su rezo. Estaba muy lejos de allí. Mucho más de lo que el bombero podría suponer.

Decidió rodear el edificio por su lado izquierdo, donde el fuego era menos intenso. Se movía deprisa, pero con cautela. Un paso en falso y dos niños crecerían sin su padre. En momentos como éste se preguntaba por qué quiso hacerse bombero. Pero debía alejar esos pensamientos y concentrarse en lo que estaba haciendo: apartarse cuanto fuera posible de las ventanas, vigilar las cornisas y el campanario… Dios, iba a derrumbarse en cualquier instante.

No soltó el aire de los pulmones hasta alcanzar por fin el patio trasero. Sólo entonces se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Un poco más y su ropa protectora habría ardido por el calor extremo. Al menos le pareció que eso era posible. Tenía encharcado el cuerpo. Llevaba la máscara de oxígeno tan apretada, que el borde le hacía daño en el rostro. «Los bomberos también tienen miedo», pensó. Y era cierto. Pero eso no les hace desistir. Tampoco a este bombero, que empezó ahora a correr hacia el extremo del patio.

Allí estaba la edificación a la que se refirió la novicia. El fuego la había alcanzado. Su tejado de madera era una pira llameante e hipnótica. El tal Daniel debía de estar ya muerto, sí. Abrió la puerta de una patada. Apenas conseguía ver. Todo estaba lleno de humo. Sobre su cabeza, las llamas se extendían por el techo, acariciando la madera antes de devorarla. Encendió la linterna y se adentró en la habitación.



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