
– Estábamos… cenando. Empezó en la cocina. Salimos todas juntas… Todas las hermanas están a salvo… Pero… Daniel… El no ha querido salir. La hermana Mary y yo fuimos a buscarlo, pero él no ha querido salir… No encuentra su rosa.
– ¿Dónde está ese hombre?
– Tuvimos que dejarlo, ¿me comprende? ¡No queríamos morir allí con él!
La monja empezó a sollozar, y el bombero tuvo que contenerse de nuevo.
– Dígame dónde está Daniel, hermana, quizá aún podamos salvarle.
– ¿Sí? -La novicia desvió por primera vez la mirada del fuego, y la posó en sus ojos-. Sí, quizá aún podamos… Estaba en su casa. Por detrás del convento. No sé si seguirá allí.
El bombero regresó corriendo al camión y cogió un equipo de respiración y un extintor portátil.
– Ya vienen de camino dos grupos completos, jefe -dijo el bombero que salía en ese momento de la cabina.
– Bien. Ayuda a Johnson y Peters con la manguera, y no dejéis que…
– … el fuego cruce la calle, lo sé. ¿Adonde va usted?
– Queda un hombre ahí dentro.
El otro bombero miró al edificio en llamas.
– A estas alturas ya debe de estar muerto.
– Es posible. Haz lo que te he dicho.
El bombero jefe se dirigió a la entrada del convento. De espaldas, gritó:
– Pide también una ambulancia… Si no he vuelto en quince minutos, que nadie vaya a buscarme. Es una orden.
