
De manera que la única solución que me quedaba era buscarle. Lo que tampoco me desagradaba. Al menos estaría haciendo algo. Mientras tanto los mensajes que le dejé le grabarían mi nombre en su mente.
El inaccesible señor Chance. Casi pensaba que tenía un teléfono instalado en su coche de chuloputas, en su bar, en su trastienda de pieles y en su sombrilla de color rosa. Lo que hace la clase.
Leí las páginas deportivas y volví de nuevo a la crónica de la fulana asesinada en el Village. La noticia era muy escueta. No figuraba ni el nombre ni descripción alguna de la víctima. Sólo decían que tenía veinticinco años.
Llamé al News para preguntar si conocían el nombre de la víctima. Me respondieron que esa información era confidencial. Sin duda la familia no había sido avisada. Llamé al sexto comisariado, pero Eddie Koehler no estaba de servicio y él era mi único contacto allí. Saqué mi agenda, pero pensé que sería muy tarde para llamarla; debía estar dormida y, de todas maneras, como la mayor parte de las mujeres de esta ciudad eran fulanas, no había ningún motivo para pensar que había sido ella la que habían asesinado junto a la autopista de West Side. Me guardé la agenda, la volví a sacar diez minutos después y marqué su número.
Le dije:
– Kim, soy Matt Scudder. Me preguntaba si ha tenido la oportunidad de hablar con su amigo después de nuestra charla.
– No. ¿Por qué?
– Esperaba encontrarle a través de la operadora de su servicio. Pero no creo que se acordara de mí, de manera que mañana tendré que salir a buscarle. ¿Usted nunca le comentó que se iba a largar?
– Ni una palabra
– Ya veo. Si lo ve antes que yo, actúe como si no estuviera pasando nada. Si la llama o se citan en algún sitio llámeme inmediatamente.
