– ¿Al número que me ha dado?

– Exacto. Si me avisa con tiempo quizás pueda asistir a la cita en su lugar. Si no, haga lo de costumbre, compórtese con normalidad.

Seguí hablando un poco para calmar sus nervios tras asustarla con la llamada. Al menos sabía que no había muerto en West Street. Ahora podía dormir tranquilo.

Desde luego que sí. Apagué la luz, me tumbé en la cama durante un rato largo, luego me incorporé y me puse a leer el periódico. Me vino a la mente la idea de que un par de copas me calmarían y me ayudarían a encontrar el sueño. No podía hacer nada para evitar esa idea, sin embargo me quedé donde estaba y cuando fueron las cuatro dije que era estúpido pensarlo ya que los bares estaban cerrados. Si bien es verdad que había uno abierto en la Undécima Avenida pero me abstuve oportunamente de recordármelo.

De nuevo, apagué la luz y me eché en el catre. Pensaba en la prostituta asesinada, el policía moribundo, en la mujer que había salido ilesa de debajo del tren y me preguntaba por qué en esta ciudad se consideraba que era mejor no beber. Cavilando sobre estos temas me quedé dormido.

TRES

Me levanté a las diez y media totalmente descansado tras haber dormido tan sólo seis horas. Me duché, me afeité, desayuné un pequeño café con un bollo, luego me dirigí a St. Paul's. Esta vez no entré en el sótano sino en la iglesia, en donde me senté durante diez minutos en un banco. A continuación encendí un par de cirios y escurrí cincuenta dólares en el cepillo de las limosnas. En la oficina de correos de la calle 60 puse un giro postal por valor de doscientos dólares a mi ex mujer en Syosset. Traté de escribir una nota para mandar junto con el dinero pero me salió demasiado piadosa. El dinero era escaso y llegaba con retraso. Ella ya se daría cuenta sin que yo tuviera que contárselo, de manera que le envié el dinero sin más.

Era un día gris, fresco, con amenaza de lluvia. El gélido viento que soplaba giraba en las esquinas con la velocidad de un campeón de eslalom. Un hombre trataba de dar caza a su sombrero delante del Coliseum mientras no dejaba de blasfemar. Tuve el acto reflejo de afianzar el mío agarrándolo por el ala.



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