
Los tipos a mi lado me habían dado la espalda. Vi mi imagen reflejada en el espejo: un hombre pálido, vestido con un traje sin un color definido y con un abrigo gris. Mi traje estaba sin planchar y mi sombrero no hubiera tenido un aspecto peor si el viento se lo hubiera llevado. Me encontraba ahí aislado entre dos maniquíes de espaldas como armarios, de solapas extra largas, de botones forrados con tela. Hace tiempo los chulos hacían cola en una tienda de moda de caballeros. Phil Kronfeld en Broadway, para comprar trajes así, pero Kronfeld cerró y ahora no sabía donde se vestían. Quizás debiera de enterarme, era probable que Chance tuviera una cuenta y sería una forma de dar con él.
Salvo que la gente en este oficio no tenía cuenta, ya que pagaban todo al contado. Incluso compran un coche al contado. Desembarcan de un Potemkin, sueltan los billetes de cien y vuelven a casa con un Cadillac.
El sujeto de mi derecha llamó al barman con un gesto del dedo índice.
– Sírvemelo en el mismo vaso -dijo-. Hay que reforzar el sabor.
El barman llenó el vaso con un chorrito de coñac y unos diez centilitros de leche fría. Solían llamar a esa mezcla White Cadillac. Puede que lo sigan llamando así.
Quizás debiera haber probado un Potankin. O quizá debiera haberme quedado en casa. Mi presencia creaba tensiones que poco a poco se iban espesando en la atmósfera del pequeño local. Tarde o temprano alguien se acercaría a mí y me preguntaría qué coño estaba haciendo ahí y sería difícil encontrar una respuesta.
