– ¿Dónde has estado buscando?

– He estado en un café en la Sexta Avenida esquina con la calle 45, en un piano bar de Village, en dos bares de la calle 40 Oeste.

Royal escucho mi enumeración con aire pensativo.

– No lo vas a encontrar en el burger de Muffin, no trabaja las niñas en esa calle. Eso sí sé. Pero como te dije quizás te lo encuentres ahí cuando menos te lo esperas, ¿entiendes? Lo que quiere decir es que puede asomar el pico en cualquier sitio sin que sea un sitio que frecuente.

– ¿Dónde tengo que buscarlo, Royal?

Me nombró dos o tres sitios. Ya había estado en uno de ellos y había olvidado mencionarlo. Tomé buena nota de los otros y pregunté:

– ¿Qué aspecto presenta? ¿Cómo es?

– Joder tío, es un chulo.

– No te cae bien.

– No tiene por qué caerme bien o mal. Mis amigos, Matthew, son amigos con los que tengo negocios, y Chance y yo no tenemos ningún negocio el uno con el otro. Ninguno de los dos compra lo que el otro vende. El no compra mi mercancía y a mí no me interesan sus conejitos -una irónica sonrisa dejó al descubierto su dentadura-. Cuando tú eres dueño de los caramelos los conejitos te salen gratis.

Uno de los lugares que Royal había mencionado se encontraba en Harlem, en la St. Nicholas Avenue. Hacia allí me dirigí a pie desde la calle 125. Era una calle ancha, comercial, bien iluminada, pero comencé a ser presa de ese miedo irracional de un hombre blanco en un barrio negro.

Doblé a la derecha hacia St. Nicholas Avenue y recorrí un par de manzanas antes de llegar al Club Cameron. Era una pobre imitación del Kelvin Small's: una juke-box reemplazaba a los músicos. El servicio de caballeros estaba sucio y en el reservado al retrete alguien estaba inhalando estrepitosamente. Cocaína, supuse.

No reconocí a ninguno de los nombres sentados en la barra. Me quedé ahí y bebí un refresco de soda mientras miraba las caras de quince o veinte negros reflejadas en el espejo que había detrás de la barra.



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