
Me dijo:
– ¿Usted ha sido policía?
– Hace unos cuantos años.
– Y ahora es un detective privado.
– No exactamente.
Sus ojos se ensancharon. Eran de un azul muy vivo, de una sombra tan poco habitual que me llevaba a pensar que si no llevada lentes de contacto. En algunos casos las lentillas hacen extraños efectos en el color de los ojos, que pueden intensificar o modificar.
– No tengo licencia -expliqué-. Cuando opté por no llevar placa me imaginé que no querría tampoco llevar licencia -ni cubrir impresos, ni tener nada que ver con los inspectores de impuestos-. Mis actividades son a nivel extraoficial.
– ¿Pero eso es lo que hace? ¿Es así como se gana la vida?
– Así es.
– ¿Cómo llamaría usted a lo que hace?
Se podría llamar traer el pan a casa, con la única salvedad de que no tengo que realizar muchos esfuerzos. Los trabajos me vienen, no me tomo la molestia de buscarlos. Rechazo más trabajos que los que llevo entre manos. Los que acepto son aquellos que no sé cómo rechazar. En este momento estaba tratando de saber lo que esta mujer quería de mí y que excusa pondría para decirle que no.
– No sé como llamarlo -le dije-. Se podría decir que presto servicios a los amigos.
Su rostro se alegró. Había estado sonriendo sin parar desde que franqueó la puerta, pero esta era la primera sonrisa que alcanzó hasta sus ojos.
– Oh, eso es estupendo. Puesto que yo tengo verdadera necesidad de un favor. También tengo necesidad de un amigo.
– ¿Cuál es el problema?
Encendió otro cigarrillo para darse a si misma el tiempo de pensar, luego bajó la mirada y contempló sus manos al mismo tiempo que depositaba el encendedor encima del paquete de tabaco. Sus uñas cuidadas, largas sin excesos, esmaltadas con el color marrón rojizo de un viejo Oporto. Llevaba un anillo de oro con una piedra de color verde tallada en forma de rectángulo en el dedo anular de su mano izquierda. Me dijo:
