
– Por supuesto.
– Puedo complicarme mucho la vida de esa forma. Reduzco todo a dos posibilidades: si A no me va bien siempre me queda B. Pero eso es falso. Falta el resto del alfabeto.
No lo haría mal enseñando filosofía.
– ¿Y yo, Kim? ¿Dónde entro yo en todo esto?
– Oh, es verdad.
Esperé su contestación.
– Tengo un chulo.
– Y quiere dejarle.
– No le he dicho nada. Creo que ya se lo imagina, pero no le he dicho nada y él no me ha dicho nada y…
Durante un breve instante, toda la parte superior de su cuerpo se estremeció y pequeñas gotas de sudor brillaron sobre sus labios.
– Tiene miedo de él.
– ¿Cómo lo ha adivinado?
– ¿La ha amenazado?
– No verdaderamente.
– ¿Qué quiere decir?
– El nunca me ha amenazado, pero me siento amenazada.
– ¿Hay más chicas que hayan intentado largarse?
– No sé mucho sobre sus otras chicas. Es muy diferente de los otros chulos. Por lo menos de los que yo conozco.
Todos son diferentes. No hay más que preguntárselo a sus niñas.
– ¿En qué? -pregunté.
– Es más refinado, más reservado.
Seguro.
– ¿Cómo se llama?
– Chance.
– Nombre o apellido.
– Todo el mundo lo llama así. No sé si es su nombre o su apellido. Quizás ni lo uno ni lo otro, quizás sea un apodo. En este mundo la gente se cambia el nombre según la ocasión.
– ¿Es Kim su verdadero nombre?
Asintió:
– Sí. Sí, pero usaba otro cuando hacía la calle. Tenía otro chulo antes de Chance. Su nombre era Duffy. Se hacía llamar Duffy Green y Eugen Duffy, y a veces tenía otro nombre que ahora no recuerdo -sonrió tratando de recordarlo-. Estaba muy verde cuando llegué a sus manos. No es que él se hubiera hecho cargo de mí nada más salir a la calle pero para el caso…
– Era negro.
– ¿Duffy? Desde luego. Al igual que Chance. Duffy me hizo pisar la acera. Lexington Avenue, y cuando allí hacía demasiado calor, cruzábamos el río y nos íbamos a Long Island City.
