
Cerró los ojos por un momento. Cuando los abrió de nuevo dijo:
– Me ha venido a la mente un recuerdo de lo que era hacer la calle. Por aquel tiempo me llamaba Bambi. En Long Island City lo hacíamos en los autos de los clientes. Venían de todo Long Island. En Lexington Avenue había un hotel del que nos podíamos servir. Apenas me creo que pudiera hacer aquello, que pudiera vivir de aquella manera, que pudiera ser tan inmadura. Yo no era inocente. Sabía lo que iba a hacer en Nueva York cuando vine, pero no por ello dejaba de ser inmadura.
– ¿Cuánto tiempo ha estado haciendo la calle?
– Cinco o seis meses, creo. No era muy experta. Tenía el cuerpo y los conocimientos, comprende, sabía llevarme, sin embargo no tenía el sentimiento de la calle. Además un par de veces tuve crisis nerviosas y no podía hacer nada. Duffy me pasó un remedio pero lo único que hizo fue que me pusiera enferma.
– ¿Un remedio?
– Ya sabe, drogas.
– Ya.
– Luego me puso en una casa en donde estaba mejor, pero a él no le gustaba por qué tenía menos control sobre mí. Era un gran edificio cerca de Columbus Circle, adonde iba a trabajar como si fuera a una oficina. Estuve en esa casa, no sé, quizás otros seis meses. Luego me fui con Chance.
– ¿A qué se debió el cambio?
– Un día estaba con Duffy en un bar. No era un burdel, sino un club de jazz. Chance entró y se sentó en nuestra mesa. Nos juntamos los tres un rato y nos pusimos a hablar, luego me dejaron sola y siguieron con la charla por su lado, a continuación Duffy volvió solo y me dijo que tenía que irme con Chance. Yo creí que quería que me lo hiciera con él, sabe, como si se tratase de un cliente, y me molestó porque supuestamente esa era mi tarde libre para estar juntos y no tenía por qué estar trabajando. Entonces no tomé a Chance por un chulo. Luego me explicó que de entonces en adelante sería de Chance. Me sentí como un coche recién vendido.
