Iain M. Banks

A barlovento

PRÓLOGO

A medida que se acercaba el momento en que ambos sabíamos que tendría que dejarlo, resultaba complicado distinguir los relámpagos de los centelleos de las armas de energía de los Invisibles.

Un súbito estallido de luz azul atravesó el cielo, creando un paisaje invertido con la tosca superficie inferior de las nubes y revelando, a través de la lluvia, el halo de destrucción que nos rodeaba: el armazón de una lejana construcción cuyo interior había desintegrado un cataclismo previo, los enmarañados restos de torres de alta tensión cerca de la boca del cráter, cañerías y túneles destrozados descubiertos por este, y el inmenso y descuartizado cuerpo del destructor terrestre, medio sumergido en la piscina de agua mugrienta del fondo del hoyo. Cuando la luz de la bengala murió, apenas dejó un recuerdo en el ojo y el tenue parpadeo del fuego del interior del destructor.

Quilan apretó mi mano con más fuerza.

Debes marcharte. Ahora, Worosei.

Un nuevo centelleo, más débil esta vez, iluminó su rostro y el barro aceitoso que rodeaba su cintura, por donde desaparecía bajo la máquina de guerra.

Tuve que completar todo un ritual para consultar los datos de información del control de mi casco. El piloto de la nave ligera estaba de regreso, solo. La pantalla me decía que ninguna otra máquina lo acompañaba, y la ausencia de comunicaciones en el canal abierto implicaba que no había buenas noticias. No habría sobrecargo, no habría rescate. Cambié al modo de visión táctica. Tampoco decía nada bueno. La esquemática parpadeante indicaba una gran incertidumbre en la representación (mala señal por sí misma) pero parecía que nos encontrábamos justo en la línea de avance de los Invisibles, y que pronto nos veríamos invadidos por ellos. En diez minutos, tal vez. O quince. O cinco. A saber. No obstante, sonreí e intenté hablar con la mayor calma posible.



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