
—No puedo llegar a ningún lugar seguro hasta que la nave llegue aquí —dije—. Ninguno de nosotros puede.
Intenté hacer pie en una posición más cómoda de la embarrada pendiente. Una serie de explosiones resonó en el aire. Me incliné sobre Quilan para proteger su descubierta cabeza. Oí el ruido sordo de los escombros deslizándose por la bajada sobre la que nos encontrábamos y de algo que se zambullía en el agua. Eché un vistazo a la piscina formada en el fondo de cráter cuando las olas rompieron contra la afilada coraza delantera del destructor terrestre y cayeron de nuevo. Al menos, el nivel del agua parecía mantenerse en su sitio.
—Worosei —dijo Quilan—, no creo que yo pueda ir a ninguna parte. No con esto encima de mí. Por favor. No intento hacerme el héroe y tú tampoco deberías. Vete ya.
—Todavía hay tiempo —respondí—. Te sacaremos de aquí. Siempre has sido un impaciente. —La luz nos cegó de nuevo, iluminando cada una de las gotas de lluvia en la oscuridad.
—Y tú siempre…
Lo que quiera que pensase decir quedó ahogado por otra ráfaga de penetrantes detonaciones; el sonido nos ensordeció como si el propio aire se estuviera desgarrando.
—Vaya noche más ruidosa —dije, mientras me inclinaba de nuevo sobre él. Un zumbido se adueñó de mis oídos. Más luces. Al acercarme, pude ver el dolor en sus ojos—. Incluso el mal tiempo se nos ha puesto en contra, Quilan. Menudo trueno.
—Eso no ha sido un trueno.
—¡Claro que sí! Allí. Y un relámpago —repuse, mientras me inclinaba todavía más sobre él.
—Vete ya, Worosei —susurró—. No seas imbécil.
—Yo… —empecé. Pero entonces, mi rifle resbaló de mi hombro y lo golpeó en la frente.
—¡Ay! —se quejó.
