
Kabe se sintió muy pesado y torpe en comparación. Intentó erguirse al máximo, para parecer menos voluminoso, pero chocó contra un antiguo y complicado aplique que colgaba del techo.
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Los tres se sentaron en una cabina de la popa de la gran barcaza, con vistas a las oscuras aguas del canal. Ziller se había plegado sobre una mesa baja, Kabe se acuclilló plácidamente sobre unos cojines que reposaban en el suelo y Tersono se acomodó sobre una silla de madera, de antiquísima apariencia. Kabe conoció al dron Tersono al inicio de los diez años que llevaba viviendo en el orbital de Masaq, y desde entonces, sabía que le gustaba rodearse de objetos antiguos, como aquella vieja barcaza y su vieja decoración, con sus viejos complementos.
Incluso la composición de la máquina recordaba a una especie de antigualla. Generalmente, en la cultura, cuanto mayor era un dron, más edad tenía. Los primeros ejemplares, que databan de ocho o nueve mil años atrás, eran del tamaño de un humano corpulento. Los modelos siguientes habían ido menguando gradualmente hasta llegar a los drones más avanzados que, durante un tiempo, fueron lo suficientemente pequeños como para guardarlos en un bolsillo. El metro de estatura de Tersono podía sugerir que lo habían construido hacía milenios, cuando en realidad solo tenía unos siglos de edad, y el espacio extra que ocupaba se justificaba por la separación de sus componentes internos, lo que le permitía exhibir mejor la fina transparencia de su poco ortodoxo caparazón de cerámica.
