
—¿El qué?
—Tersono —dijo Ziller, volviéndose al fin hacia el dron, que había descendido hasta la altura de sus hombros y se acercaba cada vez más, intentando atraer la atención del chelgriano a lo largo de los últimos minutos, durante los cuales, su campo de aura se había ensombrecido al azul grisáceo que denotaba una frustración reservada.
El mahrai Ziller, compositor, medio marginado, medio exiliado, se alzó de su butaca y se balanceó sobre sus ancas traseras. Su extremidad media tomó por un instante la forma de una bandeja y depositó el vaso sobre la suave superficie peluda, mientras utilizaba sus extremidades delanteras para estirar su chaleco y peinarse las cejas.
—Ayúdame —pidió al dron—. Estoy intentando hablar en serio y tu compatriota me sale con juegos de palabras.
—En ese caso, le sugiero que desista y la aborde más tarde, cuando se encuentre en un estado de ánimos más serio y menos mordaz. ¿Ya conoce al embajador Kabe Ischloear?
—Sí. Somos viejos conocidos. Embajador…
—Me honra, señor —repuso el homomdano—. No soy más que un periodista.
—Sí. Tienden a llamarnos embajadores, ¿no es cierto? Será por halagarnos.
—Sin duda. Lo hacen con buena intención.
—Aunque a veces, resultan ambiguos —dijo Ziller, volviéndose por un instante hacia la mujer con la que había estado hablando. Ella levantó su copa e inclinó ínfimamente la cabeza.
—Cuando los dos hayan terminado de criticar a sus decididamente generosos invitados… —intervino Tersono.
—Tendríamos la conversión privada a la que te referías, ¿no? —preguntó Ziller.
—Eso es. Démosle el capricho al excéntrico dron.
—Muy bien.
—Por aquí, entonces.
El dron continuó su camino, bordeando la hilera de mesas, hacia la popa de la embarcación. Ziller siguió a la máquina, aparentemente flotando sobre la cubierta, con agilidad y gracilidad sobre su gran extremidad media y sus dos fuertes patas traseras. Kabe se percató de que el compositor todavía llevaba su copa de vino en una mano. Ziller utilizó la otra para saludar a un par de personas que se inclinaron al verlo pasar.
