
Parecen fantasmas, pensó Kabe, observando a los humanos. Muchos seguían mirando a la estrella. Otros salían a la cubierta exterior. Algunas parejas y varios grupos más numerosos se reunieron, reconfortándose unos a otros.
No pensaba que fuera a afectarlos tan profundamente, pensó el homomdano. Creía que incluso se reirían de ello. En realidad, no los conozco. Ni siquiera después de tanto tiempo.
—Esto es casi morboso —observó Ziller, levantándose—. Me marcho a casa. Tengo trabajo que hacer. Y no precisamente porque la noticia de esta noche haya resultado inspiradora o motivadora.
—Sí —dijo Tersono—. Perdone a un dron impaciente y grosero, pero quisiera preguntarle en qué ha estado trabajando últimamente, compositor Ziller. Hace tiempo que no edita nada, pero parece que ha estado muy ocupado.
—En realidad —repuso Ziller—, se trata de una pieza por encargo.
—¿En serio? —El aura del dron adoptó varias tonalidades, en señal de sorpresa—. ¿Para quién?
Kabe vio la mirada del chelgriano dirigirse brevemente hacia el escenario del que había descendido el avatar momentos antes.
—Todo a su debido tiempo, Tersono —contestó Ziller—. Pero es una composición importante, y aún falta un tiempo para su estreno.
—Ah. Qué misterioso.
Ziller se estiró, colocó una de sus peludas patas detrás de él y se relajó. Miró a Kabe.
—Sí, y si no me pongo enseguida a trabajar en ello, no llegaré a tiempo. —Se volvió hacia Tersono—. ¿Me mantendrás informado sobre el maldito emisario?
