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De acuerdo. Buenas noches, Tersono. El chelgriano hizo un movimiento de cabeza a Kabe. Embajador.

Kabe le devolvió el mismo saludo. El dron descendió. Ziller se alejó con gráciles pasos a través de la multitud.

Kabe miró a la estrella nova, con aire pensativo.

La luz de ochocientos tres años era la que brillaba con fuerza.

La luz de antiguos errores, pensó. Así era como Ziller la había denominado en la entrevista que Kabe había escuchado aquella mañana: «Esta noche bailaréis a la luz de antiguos errores». Con la salvedad de que nadie estaba bailando.

Había sido una de las últimas grandes batallas de la guerra idirana, y una de las más feroces y de las menos contenidas, ya que los idiranos lo arriesgaron todo, incluido el oprobio de los que consideraban amigos y aliados, en una serie de intentos desesperados y brutalmente destructivos de alterar el cada vez más evidente y probable resultado de la guerra. Solamente (si la palabra pudiera utilizarse en un contexto tal) seis estrellas habían sido destruidas durante los casi cincuenta años que duró la devastadora guerra. Aquella batalla por un ínfimo tallo de porción galáctica, que se prolongó algo menos de cien años, provocó entre tanto desastre la explosión de los dos soles Portisia y Junce.

Pasó a ser conocida como la batalla de las Dos Novas, pero, realmente, lo que habían sufrido los dos soles había generado algo más que una supernova en cada uno de ellos. Ninguno de los dos astros había brillado en un sistema inhóspito. Varios mundos habían muerto, biosferas enteras se habían extinguido y miles de millones de criaturas pensantes habían sufrido aunque brevemente y perecido en aquellas catástrofes gemelas.



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