Danny, que era como le gustaba que lo llamaran, no tenía ordenador, disquetes, archivos ni documentos importantes. Cualquiera podía robar los documentos o acceder a los ficheros del ordenador. Las conversaciones telefónicas se pinchaban constantemente. Los espías escuchaban con cualquier cosa, desde un vaso colocado contra la pared hasta los artilugios más modernos, que años atrás ni siquiera se habían inventado, pero que extraían del aire una gran cantidad de datos valiosos. Una organización normal facilitaba información confidencial del mismo modo que un barco torpedeado lanzaba al mar a sus tripulantes. Y Buchanan tenía mucho que ocultar.

Durante más de dos décadas, Buchanan había sido el principal mercachifle de influencias del lugar. En cierto modo había allanado el terreno para los grupos de presión en Washington. Había pasado de tratar con abogados bien remunerados que dormitaban en las sesiones del Congreso a un mundo de una complejidad abrumadora en el que lo que estaba en juego no podía ser más importante. Como mercenario del Congreso, había representado satisfactoriamente a responsables de la contaminación medioambiental en las batallas contra la EPA (Agencia de Protección Medioambiental), permitiéndoles extender la muerte a un público desprevenido; había sido el principal estratega político al servicio de los gigantes de la industria farmacéutica que habían matado a madres y a sus hijos; para pasar a continuación a defender con vehemencia a los fabricantes de armas, a quienes no les importaba si sus armas eran seguras o no; luego había actuado entre bastidores para los fabricantes de automóviles, que preferían ir a los tribunales a admitir que se equivocaban en cuestiones de seguridad; y, por último, para coronar el pastel, había encabezado los esfuerzos de las compañías tabacaleras en guerras sangrientas contra todos. Por aquel entonces, Washington no podía permitirse el lujo de hacer caso omiso de Buchanan o de sus clientes. Así pues, Buchanan había amasado una fortuna considerable.



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