
Sentado en los despachos de varios miembros del Congreso, estaba acostumbrado a oír apagarse el timbre de los votos y a ver el televisor que los diputados tenían en su despacho. La pantalla les mostraba el proyecto de ley por el que debían votar, la suma a favor y en contra y el tiempo que les quedaba para corretear como hormigas y emitir su voto. Cuando faltaban unos cinco minutos para que concluyese una votación, Buchanan solía poner fin a la reunión y se apresuraba a buscar por los pasillos a los otros miembros del Congreso con quienes necesitaba hablar, con el informe de citación y resolución en la mano, que incluía el programa de votación diario, lo que ayudaba a Buchanan a saber dónde se encontraban ciertos congresistas; se trataba de información esencial para alguien interesado en localizar varios blancos en movimiento que no deseaban hablar con él.
Aquel día Buchanan había logrado captar la atención de un importante senador en el metro privado que conducía al Congreso, cuando se dirigía a una votación del hemiciclo. El hombre le aseguró que lo ayudaría. No era una de las personas que Buchanan consideraba «especiales», pero él era consciente de que nunca se sabía de dónde podría llegar la ayuda. No le importaba que sus clientes no gozaran de gran popularidad o no perteneciesen a un distrito electoral que interesara a alguno de los congresistas; continuaría negociando con ahínco. Defendía una causa justa; por lo tanto, los medios quizá se prestaran a normas de conducta menos exigentes.
El despacho de Buchanan contenía pocos muebles y carecía del material que un hombre ocupado como él solía utilizar.
