La estrategia había funcionado para J. Edgar Hoover y el FBI. Thornhill opinaba que no era mera coincidencia que el presupuesto y la influencia del FBI hubieran aumentado bajo el mandato del ex director y sus supuestos expedientes «secretos» sobre políticos de renombre. Si existía una organización en el mundo que Robert Thornhill odiaba con toda el alma, ésa era el FBI. No obstante, emplearía las tácticas necesarias para que la Agencia recobrase su liderazgo, aunque ello significara que tuviera que robarle una página a su enemigo más acérrimo. «Mira cómo te la juego, Ed», pensó.

Thornhill volvió a concentrarse en los hombres que se agrupaban en torno a él.

– Lo ideal, por supuesto, sería que no tuviésemos que matar a uno de los nuestros -dijo-. Sin embargo, lo cierto es que el FBI la vigila día y noche. Su único momento vulnerable es cuando va a la casa de campo. Quizá la incluyan en el programa de protección de testigos sin avisarle, por lo que tenemos que atacarla en la casita de campo.

Otro hombre habló.

– De acuerdo, mataremos a Lockhart, pero, por el amor de Dios, Bob, dejemos con vida al agente del FBI.

Thornhill negó con la cabeza.

– Es demasiado arriesgado. Sé que matar a un colega es más que lamentable, pero si eludiésemos nuestra misión ahora cometeríamos un error irreparable. Ya sabes cuánto hemos invertido en esta operación. No podemos fracasar.

– Maldita sea, Bob -protestó el primer hombre-, ¿sabes qué pasará si el FBI averigua que hemos acabado con uno de los suyos?

– Si no somos capaces de guardar un secreto así, entonces será mejor que nos dediquemos a otra cosa -espetó Thornhill-. No es la primera vez que deben sacrificarse vidas.



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