
El pelo de Thornhill despedía destellos plateados, lo que le confería un aire distinguido. Tenía los ojos grises y vivarachos y la barbilla poco pronunciada. Hablaba con voz profunda, cultivada; le resultaba igual de fácil emplear la jerga técnica que disertar sobre la poesía de Longfellow. Todavía vestía con trajes de tres piezas y prefería la pipa a los cigarrillos. Thornhill, de cincuenta y ocho años, podía haberse retirado discretamente de la CIA para disfrutar de la agradable vida de un ex funcionario erudito y con mucha experiencia a sus espaldas. Sin embargo, no pensaba retirarse discretamente, y el motivo era bien obvio.
Durante los últimos diez años, las responsabilidades y el presupuesto de la CIA se habían reducido en gran medida. Se trataba de una situación desastrosa ya que en las tormentas de fuego que se desataban a lo largo y ancho del mundo solían participar fanáticos que no tenían que rendir cuentas a grupo político alguno y que poseían armas de destrucción masiva. Además, si bien se creía que la tecnología más avanzada era la solución a todos los males del mundo, los mejores satélites no podían recorrer los callejones de Bagdad, Seúl o Belgrado y medir la temperatura emocional de sus habitantes. Los ordenadores espaciales jamás captarían los pensamientos de las personas ni adivinarían los impulsos diabólicos que anidaban en sus corazones. Thornhill siempre escogería a un astuto agente de campo dispuesto a arriesgar su vida antes que el mejor hardware del mercado.
Thornhill contaba con un pequeño grupo de agentes cualificados en la CIA que le eran completamente leales, tanto a él como a su programa personal. Todos se habían esforzado lo indecible para que la Agencia recuperara la relevancia perdida. Por fin Thornhill disponía del vehículo adecuado para tal fin. Pronto tendría metidos en un puño a destacados miembros del Congreso, senadores e incluso al mismísimo vicepresidente, así como a suficientes burócratas de las altas esferas como para aplastar a un abogado independiente. El presupuesto aumentaría, los recursos humanos se multiplicarían y el alcance de las responsabilidades mundiales de la Agencia volvería a ser el que le correspondía.
