Imaginé que tendría algo que ver con mi actividad. Había creado y manejado páginas web para mujeres cansadas de los diseñadores especializados que creían que lo único que ellas podían desear era algo tan poco espectacular como papel para empapelar con estampado floral. Cuando se trata de Internet, la cuestión de la propiedad intelectual es tan confusa y retorcida como el contrato prenupcial de un famoso, de modo que al ver una carta llena de jerga legal di por sentado que habría hecho algo como diseñar una secuencia «flash» que inadvertidamente tenía alguna similitud con una que había en una página web del Zaire.

Entonces leí la siguiente línea.

«La finalidad de esta reunión es analizar la solicitud de nuestro cliente de obtener la custodia de la joven Savannah Levine…».

Cerré los ojos e inspiré profundamente. Muy bien, sabía que eso podía ocurrir. El único familiar vivo de Savannah era una de las Hermanas Mayores del Aquelarre, pero yo siempre supuse que la madre de Savannah podría haber tenido amigos que se preguntarían qué habría sido de Eve y de su hija pequeña. Cuando descubrieran que una tía abuela había obtenido la custodia de Savannah y luego me la había entregado a mí, sin duda querrían tener respuestas. Y era muy posible que también quisieran tener a Savannah.

Desde luego, yo lucharía. El problema era que la tía Margaret de Savannah era la más débil de las tres Hermanas Mayores, y si Victoria insistía en conseguir que Margaret renunciara a la custodia, lo lograría. Los Hermanas Mayores detestaban los problemas y se transformaban en un enjambre de avispas ante la sola perspectiva de atraer atención hacia el Aquelarre. Para contar con su apoyo necesitaría persuadirlas de que se enfrentarían a un peligro personal mucho más grave si renunciaban a Savannah que si la conservaban. Con las Hermanas Mayores, las cosas siempre se reducían a eso: qué era lo mejor para ellas, lo más seguro para ellas.



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