
Si Savannah había leído mi diario personal, significaba que se estaba interesando en mí. Y eso era bueno. Es decir, a menos que lo hubiera hecho con la esperanza de encontrar algo que pudiera usar para chantajearme a fin de que le comprara el maldito móvil. Esta segunda opción ya no sería tan buena. De todos modos, ¿qué había escrito exactamente en mi diario…?
Mientras guardaba mi bolso oí que sonaba el timbre de la puerta de la calle y que Savannah gritaba «Yo abro» mientras corría por la entrada haciendo un enorme estruendo. Cuando entré en el comedor unos minutos después, se encontraba de pie en el vestíbulo levantando una carta hacia la luz y mirándola con los ojos entrecerrados.
– ¿Estás poniendo a prueba tus habilidades psíquicas? -le pregunté-. Un abrecartas funciona mucho más rápido.
Pegó un salto, bajó la carta, vaciló un momento y me la entregó.
– Ah, es para mí. En ese caso lo que te recomendaría es abrirla con vapor. -Tomé la carta-. ¿Correo certificado? Entonces ya no sería un simple fraude postal, sino un fraude postal con falsificación. Espero que no estés usando esa habilidad para firmar con mi nombre algunas calificaciones en el colegio.
– Como si valiera la pena -dijo ella y regresó a la cocina-. ¿Qué sentido tendría vaguear en clase en esta ciudad? No hay centros comerciales ni Starbucks ni nada.
– Podrías dedicarte a perder el tiempo con el resto de los chicos.
Ella bufó y desapareció en la cocina.
El sobre era de tamaño estándar, no tenía membrete, sólo mi nombre y dirección escritos a mano con trazos precisos y limpios y un remitente preimpreso en la esquina superior izquierda. ¿El remitente? Un bufete de abogados de California.
Rasgué el sobre. Mi mirada se centró enseguida en la primera línea, en la que se pedía -no, se exigía- mi presencia en una reunión convocada para la mañana siguiente. Lo primero que pensé fue «Mierda». Supongo que ésa es la reacción normal de cualquiera que recibe una citación legal inesperada.
