
– Por supuesto. – ¿Era mi imaginación o lo había dicho con voz temblorosa? Me ordené inspirar, expirar, inspirar, expirar… Ahora debía repetirlo una vez más y con confianza. -Absolutamente. -Sí, ahora sonaba más firme, casi como un gatito acorralado y con tres patas rotas. Me puse a lanzar hechizos perimetrales en las ventanas del comedor.
– ¿Qué contenía la carta? -Preguntó Savannah-. ¿Amenazas?
Dudé. No sé mentir. Bueno, sí sé, pero lo hago muy mal. Mis mentiras son tan obvias que no me extrañaría nada que me creciera la nariz.
– Bueno, lo que Leah quiere… es tener tu custodia.
– ¿Y?
– No hay ningún y. Quiere tener tu custodia legal.
– Sí, y yo quiero un teléfono móvil. Es una bruja. Díselo de mi parte. Y también dile que se vaya a la…
– Savannah.
– Tú me diste permiso para decir «bruja». No puedes culparme por pasarme un poco de la raya. -Se metió una Oreo en la boca.
– La secuencia correcta es: masticar, tragar, hablar.
Puso los ojos en blanco y tragó.
– Sabes lo que quiero decir. «Brujaesclava» no es precisamente lo que yo deseo ser de mayor. Dile que a mí no me interesa lo que vende.
– Eso no está mal, pero podría hacer falta algo más para hacerla cambiar de idea.
– Y tú puedes arreglarlo, ¿verdad que sí? Lo has hecho antes, así que vuelve a hacerlo ahora.
Debería haberle explicado que lo conseguí con mucha ayuda, pero mi ego se resistió a esa aclaración. Si Savannah pensaba que yo había desempeñado un papel significativo en derrotar a Leah la última vez, no había ninguna necesidad de abrirle los ojos ahora. Necesitaba sentirse segura. De modo que, en aras de fortalecer esa seguridad, volví a mis hechizos perimetrales.
– Me ocuparé de las ventanas de mi dormitorio -dijo.
Asentí, sabiendo que yo volvería a hacerlo cuando no me viera. No porque Savannah careciera de eficiencia en lanzar hechizos de segundo nivel.
