
Sacó un bloc de papel legal, arrancó la primera hoja y comenzó a escribir números en una página nueva. A medida que la lista crecía, mis ojos se abrían cada vez más. Cuando sumó el total, me atraganté.
– ¿Eso es…? Por favor, dime que en esa cifra falta la coma de un decimal.
– La asesoría legal no es algo barato, Paige.
– Ya lo sé. En mi actividad, recurro a asesorías legales todo el tiempo, pero las cuentas no se parecen nada a la tuya. -Tomé el bloc y lo giré. – ¿Qué es esto? ¿Nueve horas facturables acumuladas? Sólo nos hemos reunido hoy, desde las diez hasta… -consulté mi reloj-… las once y cuarenta.
– Tuve que revisar el caso anoche, Paige.
– Lo revisaste esta mañana. Delante de mí. ¿Recuerdas?
– Sí, pero anoche estuve estudiando casos similares.
– ¿Durante siete horas?
– Horas facturables es un concepto complejo que no necesariamente corresponde al tiempo real empleado.
– Bromeas… ¿Y qué es esto? ¿Trescientos dólares en fotocopias? ¿Qué hiciste? ¿Contrataste a monjes franciscanos para que transcribieran mi archivo a mano? Yo puedo hacer copias por diez céntimos la página.
– Bueno, Paige, no se trata del coste directo del copiado. También debes tener en cuenta el precio del trabajo.
– Tu esposa hace el trabajo de secretaria. Y tú ni siquiera le pagas.
– Entiendo que no te resulte fácil pagar esto, Paige. Ése es uno de los problemas fundamentales de la abogacía: que quienes más se merecen nuestra ayuda, con frecuencia, no pueden pagarla.
– No es que yo no pueda pagarte…
Él levantó una mano para hacerme callar.
– Lo entiendo. Es una carga difícil de soportar para alguien que sólo trata de hacer lo que es mejor para una cría. Obligarte a pagarme esta cantidad no sería justo. Yo sólo quería mostrarte cuánto podría costar algo como esto.
Me recosté hacia atrás en el asiento.
