Al llegar a la cerca me alegró no haber cometido la estupidez de llamar a los bomberos. Allí, sobre el césped, había un círculo de velas negras alrededor de una tela roja con la cabeza de un macho cabrío bordada en ella. Era un altar satánico.

Con una imprecación, corrí a apagar las velas. Entonces vi que rodeaban un montículo cubierto de sangre. Durante un momento terrible e interminable pensé que se trataba del cuerpo de un chiquillo. Después vi la cabeza y comprendí que se trataba de un gato. Un gato desollado, una masa sin vida, hecha de sangre, músculos y dientes desnudos que parecían dibujar una amenaza sin labios.

Retrocedí ante aquel horror. Algo me abofeteó la cara, algo frío y húmedo. Mientras intentaba quitármelo de encima con desesperación, caí hacia atrás, y mi mano quedó atrapada en un aro pegajoso de goma. Reprimí un grito. Levanté la vista y vi contra qué me había golpeado: otro gato despellejado, éste colgado de un árbol, totalmente despanzurrado y con las vísceras que caían hacia afuera. Y lo que me rodeaba la mano era un trozo de tripa.

Logré liberarme de un golpe a tiempo para llevarme las manos a la boca y reprimir así un alarido. Caí de rodillas, jadeando, con náuseas y sin poder respirar. Tenía las manos cubiertas de sangre. Vomité. Durante varios minutos me quedé agazapada, incapaz de moverme.

– ¿Paige? -El susurro de Savannah flotó hasta mí desde el jardín trasero de mi casa.

– ¡No! -Le grité y me puse de pie de un salto-. ¡Quédate donde estás!

Corrí hacia ella y la sujeté justo cuando doblaba la esquina. Tenía los ojos abiertos de par en par y me di cuenta de que lo había visto todo, pero a pesar de ello la aparté de ese horrible espectáculo.



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