
Luchando contra el instinto, olisqueé el aire en busca de la fuente de ese olor. ¿Era el humo de una chimenea apagada varias horas antes? ¿Brasas todavía encendidas después de haber quemado basura la noche anterior? Mientras trataba de penetrar esa oscuridad con la vista, advertí también un resplandor anaranjado en el este, en el bosque que estaba al otro lado de la cerca trasera de casa. Seguramente se trataba de una reunión de jóvenes. Ahora que mejoraba el tiempo, los adolescentes locales parecían haber encontrado algo mejor que hacer un viernes por la noche que permanecer en el aparcamiento del centro comercial. Fantástico. Ahora la mano tendría que quedarse en mi casa hasta mañana por la noche. No me atrevía a enterrarla con todo aquel posible público cerca.
Cuando me di la vuelta para entrar de nuevo en la casa me llamó la atención el silencio reinante. Un silencio total. ¿Desde cuándo en sus fiestas los adolescentes permanecían sentados y en silencio alrededor de una fogata? Por mi mente desfilaron otras excusas para un fuego encendido por la noche. East Falls era una ciudad demasiado pequeña para albergar una población de personas sin techo. ¿Podría un fósforo o un cigarrillo encendido haber producido un incendio en el sotobosque? ¿Alguien podía estar quemando secretamente material peligroso? Sea cual fuera el origen de ese fuego, era preciso hacer algo al respecto inmediatamente.
Avancé de puntillas sobre el césped y me pregunté si me vería obligada a apagar otro fuego. Dos en una sola noche… ¿Una coincidencia? Por favor, que no sea una segunda Mano de la Gloria. Inspiré profundamente y traté de no prestar atención a la repugnancia que esa idea me producía. Si lo era, por lo menos yo la había visto antes que ninguna otra persona.
