La melancolía lo aterraba.

Más que cualquier otra cosa. Más que el fuego, la guerra, más que el mismo infierno. La idea de hundirse en la tristeza, de ser como ella…

Marina había sido la melancolía personificada. Toda su vida o, al menos, la vida que él había conocido, había estado rodeada de melancolía. No recordaba el sonido de su risa y, de hecho, no estaba seguro de si alguna vez había reído.

Había sido un día soleado y…

Cerró los ojos, aunque no supo si era para buscar ese recuerdo o para disiparlo.

Había sido un día soleado y…


– Nunca creyó que volvería a sentir esa calidez en la piel, ¿verdad, sir Phillip?

Phillip Crane se giró hacia el sol y cerró los ojos mientras el sol le bañaba la piel.

– Es perfecto -murmuró-. O lo sería, si no hiciera tanto frío.

Miles Carter, su secretario, chasqueó la lengua.

– No hace tanto frío. Este año, el lago no se ha helado. Sólo algunas capas aisladas.

A regañadientes, Phillip se apartó del sol y abrió los ojos.

– Pero todavía no es primavera.

– Si creía que era primavera, señor, quizá debería haber consultado el calendario.

Phillip lo miró de reojo.

– ¿Te pago para que me digas esas impertinencias?

– Sí, señor. Y debo añadir que es usted bastante generoso. Phillip sonrió para sí mismo mientras los dos se paraban unos segundos a disfrutar de los rayos del astro rey.

– Creía que el cielo gris no le importaba -dijo Miles, cuando volvieron a ponerse en marcha camino del invernadero de Phillip.

– No me importa -respondió Phillip, desplazándose con las ágiles zancadas de un atleta natural-. Pero el hecho de que el cielo encapotado no me importe no significa que no prefiera el sol -hizo una pausa, quedándose unos segundos pensativo-. Dígale a la niñera Millsby que saque a los niños hoy. Necesitarán abrigos, bufandas y guantes, pero les irá bien que les toque el sol en la cara. Llevan demasiado tiempo encerrados.



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