– Como todos -murmuró Miles.

Phillip chasqueó la lengua.

– Es verdad.

Miró hacia el invernadero. Debería ir a mirar la correspondencia, pero tenía que clasificar unas semillas y, sinceramente, no pasaría nada por arreglar los asuntos de la casa con Miles dentro de una hora.

– Venga -le dijo a Miles-. Ve a buscar a la niñera Millsby. Nos reuniremos en el despacho más tarde. Además, odias el invernadero.

– En esta época del año, no -respondió Miles-. El calor se agradece.

Phillip arqueó una ceja y ladeó la cabeza hacia Romney Hall.

– ¿Estás insinuando que mi casa solariega es fría?

– Todas las casas solariegas son frías.

– Eso es verdad -dijo Phillip, sonriendo.

Miles le caía muy bien. Lo había contratado hacía seis meses para que le ayudara con las montañas de papeleo y los detalles de la gestión de la pequeña finca, que parecía que criaban encima de su mesa. Era bastante bueno. Joven, pero bueno. Además, su sentido del humor ácido era más que bienvenido en una casa donde las risas brillaban por su ausencia. Los criados nunca se atreverían a bromear con Phillip y Marina… bueno, obviaba decir que Marina no se reía ni bromeaba con nadie.

A veces, Phillip se reía con los niños, pero eso era otra clase de humor y, además, casi nunca sabía qué decirles. Lo intentaba pero se sentía muy raro, demasiado grande, demasiado fuerte, si es que eso era posible. Y enseguida los echaba de su lado y los enviaba con la niñera.

Así era más fácil.

– Venga, vete -dijo Phillip, enviando a Miles a hacer lo que, posiblemente, debería hacer él. Hoy todavía no había visto a sus hijos y suponía que debería hacerlo, pero no quería arruinarles el día con algún comentario cruel que, por lo visto, no podía evitar.



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