
Levantó la cabeza y miró por el cristal recién lavado. Le llamó la atención un movimiento en el bosque. Vio un destello rojo.
Rojo. Phillip sonrió y meneó la cabeza. Debía de ser Marina. El rojo era su color preferido, aunque a él siempre le había extrañado mucho. Cualquiera que la conociera pensaría que preferiría colores más oscuros y serios.
La vio desaparecer por el bosquecillo y volvió al trabajo. Era muy raro que hubiera salido a dar un paseo. Últimamente, apenas salía de su habitación. Phillip se alegraba de que lo hubiera hecho. A lo mejor, el paseo la animaba. No del todo, claro. Ni siquiera el sol tenía la capacidad de hacerlo. Pero, a lo mejor, un cálido y soleado día bastaría para alegrarla un poco y conseguía hacerla sonreír.
Sólo Dios sabe que a los niños les iría de perlas. Iban a verla cada noche a su habitación, pero aquello no era suficiente.
Y Phillip era consciente de que él no les estaba compensando aquella pérdida.
Suspiró, sintiéndose culpable. Sabía que no era la clase de padre que necesitaban. Intentaba decirse que lo hacía lo mejor que sabía, que estaba haciendo bien lo único que se había propuesto: no ser como su padre.
Pero, aún así, sabía que no era suficiente.
Con movimientos decididos, se apartó de la mesa de trabajo. Las semillas podían esperar. Posiblemente, sus hijos también, pero eso no quería decir que debieran hacerlo. Además, ese paseo por el bosque deberían hacerlo con él, y no con la niñera Millsby, que no sabía distinguir entre los árboles caducifolios y las coníferas y, seguramente, les diría que una rosa era una margarita y…
Volvió a mirar por la ventana, recordándose que era febrero. Seguramente, la niñera Millsby no encontraría ninguna flor en el bosque con el tiempo que había hecho y, además, eso no era excusa. Era él quien debía llevarlos de paseo. Era una de esas actividades que hacían los niños que se le daban verdaderamente bien y no debía eludir la responsabilidad.
