
Ya se reuniría con ellos mientras estuvieran de paseo con la niñera Millsby. Eso sería una buena idea porque podría enseñarles alguna planta y hablarles de ella y, así, todo sería más fácil.
Phillip entró en el invernadero y cerró la puerta, respirando el agradable aire húmedo. Había estudiado botánica en Cambridge, siendo el primero de su promoción y, en realidad, habría enfocado su vida hacia la enseñanza si su hermano mayor no hubiera muerto en la batalla de Waterloo, dejándole a él como único heredero de las tierras y caballero rural.
A veces incluso pensaba que la vida académica habría sido peor. Después de todo, habría sido el único heredero de las tierras y caballero urbano. Al menos, ahora podía seguir dedicándose a la botánica con relativa tranquilidad.
Se inclinó sobre la mesa de trabajo y examinó su último proyecto: una variedad de guisantes que estaba intentando cultivar para que crecieran más grandes en la vaina. Aunque, por ahora, nada. La última vaina no sólo se había marchitado, sino que también se había vuelto amarilla, que no era, en absoluto, el resultado deseado.
Frunció el ceño pero luego, mientras caminaba hacia el fondo del invernadero para ir a buscar más guisantes, sonrió. Si sus experimentos no daban resultado, nunca se preocupaba demasiado. En su opinión, la casualidad era la madre de la invención.
Accidentes. Todo se reducía a accidentes. Ningún científico lo admitiría, por supuesto, pero casi todos los grandes inventos de la historia se produjeron mientras el científico estaba intentando solucionar otro problema totalmente distinto.
Chasqueó la lengua mientras tiraba los guisantes marchitos a la basura. A este ritmo, a finales de año habría encontrado la cura para la gota.
“Vuelve al trabajo. Vuelve al trabajo.” Se inclinó sobre la colección de semillas y las esparció en la mesa para poder verlas bien. Necesitaba la semilla perfecta para…
