
– Nos vamos a casa -gruñó él, levantándola de manera bastante brusca. Ahora estaba respirando bien y, obviamente, volvía a estar en perfecto uso de sus facultades, por alteradas que estuvieran. No había razón para tratarla como a una flor delicada.
– No -dijo ella, entre sollozos-. Por favor, no. No quiero… No puedo…
– Vienes a casa conmigo -dijo él, con firmeza, subiendo la colina, haciendo caso omiso del frío que le estaba convirtiendo la ropa mojada en hielo y del duro suelo lleno de piedras donde pisaba con los pies descalzos.
– No puedo -susurró ella, con lo que parecían sus últimas fuerzas.
Y, mientras Phillip la llevaba a casa, sólo podía pensar en lo acertadas que eran esas palabras.
“No puedo.”
En cierto modo, parecían el resumen perfecto de la vida de Marina.
Al caer la noche, todos tuvieron bastante claro que la fiebre conseguiría lo que el lago no había podido.
Phillip había llevado a Marina a casa lo más rápido posible y, con la ayuda del ama de llaves, la señora Hurley, le había quitado la ropa empapada y habían intentado hacerla entrar en calor envolviéndola en el edredón de oca que, ocho años antes, había sido la pieza central de su ajuar.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó la señora Hurley cuando lo vio entrar por la puerta de la cocina. Había preferido evitar la entrada principal, para evitar que los niños los vieran y, además, la puerta de la cocina estaba más cerca del camino.
– Se ha caído en el lago -respondió él, con brusquedad.
La señora Hurley lo miró con recelo y, al mismo tiempo, compasión y, en ese momento, Phillip se dio cuenta que la mujer sabía perfectamente lo que había pasado. Llevaba en aquella casa desde que los Crane se habían casado, tiempo suficiente para conocer las crisis de Marina.
