Después de meter a Marina en la cama, lo había echado de la habitación y le había dicho que se fuera a cambiar si no quería enfermar él también. Sin embargo, inmediatamente después había vuelto al lado de su mujer. Como marido, y aunque se sintiera culpable por pensarlo, era el lugar que le correspondía, un lugar que había estado evitando esos últimos años.

Estar al lado de Marina era deprimente. Era muy difícil.

Pero ahora no era el momento de eludir sus responsabilidades, así que se quedó junto a su cama todo el día y toda la noche. Le secaba el sudor de la frente de vez en cuando y, cuando estaba más tranquila, intentaba hacerle tragar un poco de caldo tibio.

Le dijo que luchara, aunque sabía perfectamente que no lo escuchaba.

Al cabo de tres días, murió.

Era lo que ella quería, pero aquello no sirvió de nada cuando Phillip tuvo que sentarse delante de sus hijos, una pareja de gemelos que acababan de cumplir siete años, para intentar explicarles que su madre se había ido. Se sentó con ellos en la sala de juegos, aunque era demasiado grande para esas sillas de niños. Pero, de todos modos, se encogió como pudo, se encajó en una de ellas y se obligó a mirar a sus hijos a los ojos mientras se lo decía de la mejor manera posible.

No dijeron demasiado, algo sorprendente en ellos. Aunque no parecieron muy sorprendidos, y eso dejó muy intrigado a Phillip.

– Lo… Lo siento -consiguió decir, al final de su discurso. Los quería mucho y les había fallado muchas veces. Si apenas sabía cómo hacerles de padre, ¿cómo demonios se suponía que debía asumir también el papel de madre?

– No es culpa tuya -dijo Oliver, clavando sus ojos marrones en los de su padre-. Fue ella la que cayó al lago, ¿no? Tú no la tiraste.

Phillip asintió, porque no sabía demasiado bien cómo responder.

– ¿Es feliz, ahora? -preguntó Amanda, despacio.



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