
Mr. Farraday se inclinó ligeramente, y por un breve momento, sus ojos atraparon los míos.
Debo decir en este punto que no soy una romántica. O al menos no pienso que sea una romántica. Si lo fuera, habría ido a Londres aquella temporada. Habría pasado mis días leyendo poesía y las noches bailando y coqueteando y disfrutando.
Seguramente no me enamoraría a primera vista. Incluso mis padres, quienes están más enamorados que nadie que yo conozca, me contaron que ellos no se gustaron uno al otro al instante.
Pero cuando mis ojos se encontraron con los de Mr. Farraday…
Como dije, no fue amor a primera vista, ya que no creo en tales cosas. No fue nada a primera vista, pero hubo algo… un reconocimiento compartido… un sentido del humor. No estoy segura como describirlo.
Supongo, si se insiste, que yo diría que era un sentimiento de complicidad. Como si de alguna manera ya le conociera. Que era por supuesto ridículo.
Pero no tan ridículo como sus primas, quienes estaban trinando y rondando y revoloteando alrededor. Claramente habían decidido que el Primo Charles ya no era más una bestia, y si alguna iba a casarse con él, iba a ser una de ellas.
– Mr. Farraday, – dije, y pude sentir las esquinas de mi boca apretándose en un intento de contener una sonrisa.
– Miss Crane, – dijo, con la misma expresión. Se inclinó sobre mi mano y la besó, para mucha consternación de Dulcie, quien estaba de pie a mi derecha.
Otra vez, debo acentuar que no soy una romántica. Pero mi interior hizo un pequeño tirón cuando sus labios tocaron mi piel.
– Me temo que estoy vestida para un paseo a caballo. – Le dije, señalando mi traje de montar.
– Yo también.
Eché un vistazo con pesar a sus primas, quienes no estaban vestidas para ningún tipo de esfuerzo atlético.
– Hace un día tan encantador, – murmuré.
