
Espero no estar siendo presuntuosa cuando digo que hay algunas cosas que hago muy bien. Puedo disparar con una pistola (aunque no con un rifle, y no así como mi madre, quien es monstruosamente buena). Puedo hacer sumas dos veces más rápidamente que Oliver, siempre que tenga pluma y papel. Puedo pescar, y puedo nadar y por encima de todo, puedo montar a caballo.
– Venga conmigo, – dije, indicando hacia los establos.
Él lo hizo, dejándose caer un paso junto a mí. – Dígame, Miss Crane, – el dijo, su voz con un atisbo de diversión, – ¿con que fue usted sobornada para su presencia esta tarde?
– ¿Piensa que su compañía no es bastante recompensa?
– Usted no me conocía, – él precisó.
– Verdad. – Giramos hacia los establos, y fue feliz al sentir aumentar la brisa. – Sucede que soy mejor estratega por mi madre.
– Usted admite ser una estratega, – murmuró. – Interesante.
– Usted no conoce a mi madre.
– No, – me aseguró. – Estoy impresionado. La mayoría de la gente no lo confesaría.
– Como dije, usted no conoce a mi madre. – Me giré hacia él y sonreí. – Ella es una entre ocho hermanos. Superarla en cualquier tipo de materia tortuosa es nada menos que un triunfo.
Llegamos a los establos, pero me detuve brevemente antes de entrar. – ¿Y que hay de usted, Mr. Farraday?, – pregunté. – ¿Con qué fue sobornado para su presencia esta tarde?
– Yo estaba frustrado, también – dijo. – Me dijeron que escaparía de mis primas.
Dejé escapar una carcajada ante eso. Inadecuado, si, pero inevitable.
– Ellas me atacaron justo cuando estaba saliendo, – me dijo tristemente.
– Son un grupo feroz, – dije, completamente inexpresiva.
– Me superaban en número.
– Pensé que usted no las gustaba, – dije.
– Yo también. – Puso sus manos sobre sus caderas. – Esa fue la única razón por la que consentí la visita.
– ¿Qué fue exactamente lo que las hizo cuando eran niños?, – pregunté.
