
– La pregunta sería mejor- ¿qué me hicieron ellas a mí?
Yo sabía más que podía asegurar que él tenía mayor ventaja a causa de su sexo. Cuatro chicas podrían derrotar fácilmente a un muchacho. Yo había ido contra Oliver innumerables veces cuando niños, y aunque él nunca lo admitiría, le superé bastante a menudo.
– ¿Ranas?, – pregunté, pensando en mis propias travesuras de la niñez.
– Ese era yo, – admitió tímidamente.
– ¿Pescado muerto?
Él no habló, pero su expresión era claramente una de culpabilidad.
– ¿A quién?, – pregunté, intentando imaginar el horror de Dulcie.
– A todas ellas.
Contuve mi aliento. – ¿Al mismo tiempo?
El cabeceó.
Estaba impresionada. Supongo que la mayoría de las mujeres no encontrarían tales cosas atractivas, pero yo siempre tuve un sentido del humor inusual. – ¿Alguna vez hizo usted un fantasma de harina?, – pregunté.
Sus cejas se elevaron, y él se inclinó hacia delante. – Cuénteme más.
Y entonces le conté sobre mi madre, y como Oliver y yo habíamos intentado tratar de espantarla antes de que se casara con mi padre. Habíamos sido unos completos bestias. Realmente. No solo unos niños traviesos, sino una total y absoluta plaga en la cara de la humanidad. Fue un asombro que padre no nos hubiera enviado a un reformatorio. La más memorable de nuestras travesuras fue cuando nosotros pusimos un cubo sobre su puerta de manera que cayera el polvo sobre ella cuando ella saliera al pasillo.
Salvo que nosotros habíamos llenado el cubo bastante, así que era más de una capa de polvo, y de hecho más un diluvio que otra cosa.
Nosotros tampoco habíamos contado con que el cubo la golpeara en la cabeza.
Cuando dije que la entrada de nuestra actual madre en nuestra vida nos había salvado a todos, significaba eso absolutamente literal. Oliver y yo estábamos tan necesitado de atención, y nuestro padre, tan encantador como es ahora, no tenia idea de cómo manejarnos.
